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El doctor de los pobres.

Desde hace 48 años, Diego Whittaker atiende casi gratis a vecinos de La Cisterna y sus alrededores. No sólo eso; este cirujano de la U. de Chile hasta les da los remedios.

Dia del Padre

Un tibio rayo de sol entra por la ventana de la consulta del doctor Diego Whittaker. Unas 20 personas se amontonan en las sillas dispuestas en el lugar, pero no hay números ni letreros electrónicos que pretendan ordenarlas. Se escuchan estornudos, algunos llantos de niños y una que otra risa, mientras un viejo televisor da un programa que nadie ve ni escucha. El sello de este lugar está dado por los carteles y los lienzos que anuncian las bondades del lugar: “Consultas médicas a pacientes sin previsión” o “Control gratis de presión y peso”. Y uno más llamativo todavía: “Se regalan los remedios”.

“Pase”, dice una de las tres recepcionistas a una joven que tiene un niño en brazos. Le regala un dulce al pequeño y empieza a anotar sus datos en un papel.

Hace 48 años que Whittaker, un cirujano de la Universidad de Chile, viene repitiendo lo mismo en este lugar de La Cisterna. No sólo lo conocen los vecinos de la comuna, sino también lo ubican en toda la zona sur de la capital.

Tenía 33 años cuando decidió irse a la calle Manuel Fishmann del paradero 22 de Gran Avenida, a cobrar poco. Primero atendía en su consulta particular, pero no era suficiente. Entonces, agarraba su viejo Cadillac y recorría las calles del sector para examinar a los pacientes que lo necesitaban. A todos les daba recetas y remedios gratis. “A veces me instalaba en las iglesias y la gente hacía colas para entrar”, cuenta “el doctor de los pobres”, como se le conoce en La Cisterna. No abandona nunca su impecable delantal blanco, sobre el que sobresale un brilloso estetoscopio colgado a su cuello.

“El Buen Samaritano”. Así le puso a su consulta este cirujano que hoy tiene 81 años. Tras separarse de su esposa, hace más de dos décadas, arrendó la vieja casona donde atiende a casi 50 personas por día. “Es mi voto de pobreza”, dice, sentado frente a su minúsculo escritorio.

Abre todos los días a las 7 de la mañana y atiende sin parar hasta las 9 de la noche. “Pocos le siguen el ritmo”, dice Sandra, una de sus asesoras, quien cuenta que apenas se da un respiro para comer algo liviano, para echarles un vistazo a sus plantas -su otra pasión- y luego vuelve a la consulta a ocuparse de males varios que padecen dueñas de casa, ancianos, adolescentes y embarazadas que no tienen el dinero para ir a otro lugar. En el suyo, la consulta médica, sin previsión, cuesta $ 5.000, el bono nivel 1 de Fonasa, $ 3000. Y también está la posibilidad de pagar una cuota mensual para que sus pacientes se atiendan ahí con dentistas, ginecólogos, traumatólogos, radiólogos y sicólogos.

“Desde que egresé, soñaba con la idea de una cooperativa, donde los doctores resolvieran el tema del capital y la gente pagara como pudiera. Ya bastaba con que tuvieran una enfermedad”, dice. Esa es la filosofía de su consulta.

-¿Y si no hay plata, doctor?

-Bueno, lo atendemos igual-, afirma.

En su labor lo apoyan otros 12 profesionales, más de la mitad extranjeros. “Todos saben que lo que cobran acá no tiene nada que ver con sus consultas particulares”, comenta Sandra, que saluda a un dentista cubano que pasa por su lado.

A 17.000 llega el número de pacientes que atiende al año y en un momento eso hizo necesaria la ampliación de las dependencias. “Las piezas las convertimos en consultas, laboratorios y farmacia”, cuenta Whittaker, que atiende en una pequeña habitación de la casa.

Al final de ésta, frente a la sala de rayos X, está su habitación. Ahí duerme, sobre una cama de bronce, que mira hacia una colección de dinosaurios, un sinfín de diplomas, fotos del Padre Hurtado y las de sus familiares, y una torre de cajas de remedios. “Tengo un stock de medicamentos que me regalan los laboratorios, pero la gran mayoría los compro yo, porque jamás pueden faltar acá”, dice.

Whittaker regala más. A las 10 primeras personas que llegan, les entrega una pequeña canasta familiar, que lleva víveres y golosinas. “El es así y la gente lo quiere”, dice su fiel asesora.

No por nada la Municipalidad de La Cisterna construyó, muy cerca de su consulta, una pequeña plaza que lleva su nombre, en la calle Uruguay. Y no es todo: en 1996, un grupo de pacientes de cuatro comunas de la zona sur de Santiago intentó postularlo al Premio Nobel de la Paz. “Vino hasta una persona de Suecia, pero nunca supe qué pasó”, dice sonriendo. Para sus pacientes, él ya se ganó todos los premios.

Fuente: La Hora.

Doctor de los pobres - 12 junio 2012
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